El incómodo silencio de la historieta

 

Recuerdo la facilidad con la que mi padre aceptó que, quisiera o no, quería dedicarme a dibujar. Al principio se mostró preocupado, pero sabía que no podría negarse. La convicción con la que se lo dije le hizo comprender que podría salir adelante. Y cedió. Me apoyó aunque no fuera lo que quería para mí.

Tuve la suerte de que mi padre es un hombre tolerante. Si hubiera nacido a principios del siglo XX otro gallo cantaría. Mi padre sería una autoridad y yo la hija sumisa que debería aceptar sin rechistar la voluntad paterna. Sería un milagro que hubiera podido dedicarme a pintar… y otro milagro que escapara de formar una familia tradicional intentando ser independiente y libre.

Escribo todo esto por que tras la muerte de Rosa Galcerán me ha dado por pensar en la suerte que tuve de nacer donde he nacido y de tener los padres que tengo. Sin testimonios como el de Galcerán, sin su tesón por dedicarse a hacer lo que más le gustaba, muchas mujeres no estaríamos aquí. Quizás por eso me entristece que su muerte haya pasado tan desapercibida.

Por que... ¿dónde estaríamos nosotras sin mujeres como ella?

Todo ocurrió hace ya un año, cuando la llamé para explicarle el premio del Colectivo de Autoras. Me siento muy afortunada de haber podido hablar con ella. No olvidaré jamás sus palabras, ni su voz. Una voz ilusionada y partida por el tiempo, que me contaba cómo sus compañeros la cuestionaban por ser mujer. Una voz sonriente que también me explicó su lucha por ser buena madre y seguir dibujando. Una voz en la que se adivinaba sacrificio, pero también entereza y ejemplo.

Debe ser duro tener que demostrar durante toda tu vida tu valía y tu capacidad de trabajo. En ese entonces, ser alguien como Rosa significaba emprender una lucha solitaria. Una lucha agotadora que con el tiempo fue cada vez más silenciosa. Un silencio que se apagó este sábado 28 de Noviembre de 2015, cuando Rosa se tomó un respiro en su vertiginosa vida y decidió que ya tenía suficiente. Un silencio que se convierte en tristeza cuando nuestra autora (y autor) de cómic más longevo, se va sin que nadie le dedique las palabras que se merece. Un silencio que por justicia debería convertirse en grito y resonar para siempre.

Gritemos. Gritemos por Rosa y por tantas que quedaron en el olvido. Un grito común, unido, fuerte y sonoro, para que no haya más silencios. El cómic le debe mucho a autoras como Galcerán, no seamos desagradecidos nunca más. No dejemos que los silencios se coman a nuestras autoras. Hagamos desaparecer el olvido y encontremos la memoria desde la lucha común, entre todos y todas. Sólo así despertaremos y pondremos a Rosa en el lugar que se merece.

Por mi parte, solo quiero darle las gracias. Sin tu “sí”, sin tu valor, no sería lo que hoy soy. No dibujaría, no escribiría estas palabras y solo habría silencio. 

Ya es hora de acabar con él.