La Quimera del estilo

Una de las mayores preocupaciones de los estudiantes de ilustración es conseguir la llamada “voz propia”. Es decir, una identidad visual reconocible, el llamado estilo. Todos cuando estudiamos esperamos ser ese ilustrador al que se le llama por lo que hace.

¿Pero por qué todo autor aspira a ello?

En un mundo en el que los ilustradores-estrella se prodigan por las redes sociales y nos saturamos con imágenes de artistas internacionales, muchos ilustradores buscan de forma desesperada un estilo. De esa manera esperan reafirmar su autoría. El problema es que en muchos casos aún no están maduros y sus estilos arrastran aún el regusto de otros grandes ilustradores. Así pues, el estilo, viene con la experiencia y no cuando uno lo busca.

Todos los ilustradores personalizan su obra y la caracterizan, se alimentan del trabajo de otros artistas, tienen influencias de distintas formas de cultura. Así, todo aquello va acumulándose dentro de nuestro lápiz. A medida que dibujas te vas desarrollando y esos inquilinos salen sin darse cuenta. Sobre todo suelen ser más productivos tras los bloqueos de artista. Esos parones nos sirven para evolucionar y a pesar del “sufrimiento” que a veces nos puedan causar, gracias a ellos vemos qué pasa en nuestra obra y nos ayudan a dirigirla.

Muchas veces creo que el estilo nos preocupa demasiado. Quizás por que dentro de ella prima el ego antes que la comunicación.  El reconocimiento a la funcionalidad. Muchas veces acabamos encerrados en un estilo por reconocimiento y nos olvidamos de que la ilustración es, ante todo, comunicación. Claro que se puede tener estilo y comunicación, pero son formas distintas de entenderla.

Al igual que en el anterior artículo planteaba distintos tipos de ilustrador según su planteamiento con respecto al texto, en el estilo ocurre algo similar. Los ilustradores suelen diferenciarse en dos cuando hablamos de prioridades: los mercenarios y los estilistas.

Los mercenarios son aquellos en los que prima la supervivencia creativa. Hacen cualquier trabajo y adaptan sus estilos a lo que el cliente, editorial o agencia necesite. Son versátiles y camaleónicos. Prima el proyecto económico y su desarrollo, al reconocimiento. Su inteligencia consigue que tengan un amplio abanico de estilos y afrontan cada trabajo desde la funcionalidad comunicativa. Es decir, si me dirijo a los niños, adaptaré mi estilo a ese público y si hago un trabajo de corte realista, lo haré figurativo. Esto les convierte en excelentes dibujantes, en su mayoría con unas capacidades técnicas impresionantes. Me vienen varios ejemplos a la cabeza, pero podría mencionar tres a los que admiro especialmente: Breccia, Raúl y Federico del Barrio. Es curioso, por que en estos tres casos se mantiene un reconocimiento estilístico pese a la diversidad de trabajos.

Sin embargo y como crítica, siempre suele decirse que los autores versátiles no tienen personalidad. No creo que sea cierto. La ausencia de estilo no tiene nada que ver con la personalidad. Es una cuestión comunicativa, a veces azarosa, experimental e incluso en muchos casos, lúdica. Afrontar cada proyecto de forma distinta libera al artista de sus propias cadenas. Muchos profesionales del mundo de la edición también son reticentes a la hora de coger un dibujante “mercenario” por su “falta” de estilo. Es un error alimentar este prejuicio entre nuestros clientes.

En el caso de los estilistas la prioridad es el estilo. Su forma de dibujar es concreta y reconocible. Su estilo nace de un largo viaje artístico. Entre los grandes nombres de la ilustración es frecuente encontrar autores que tienen una “voz propia” muy temprano, pero no es lo habitual. El carácter del dibujante se forja entre las páginas, con pruebas y errores. A veces el ilustrador empieza con un estilo, madura, cambia otro poco de forma progresiva y al final se transforma en otro distinto. No existe una fórmula mágica. Nadie debe estresarse por tener un estilo reconocible. Lo único importante en una carrera artística es seguir evolucionando. Esa debe ser nuestra única prioridad. Siempre.