El artista del hambre

Leo con indignación en las noticias que los artistas van a tener que elegir entre pensión o derechos de autor, que las dos cosas no se puede. No se qué pretende el Sistema con esto, pero estoy convencida de sus medidas solo van a generar que los artistas seamos, como en el cuento kafkiano, verdaderos artistas del hambre, porque no vamos a tener qué llevarnos a la boca.

Como personas jóvenes, como creadores en plena carrera, tenemos la obligación moral de proteger a nuestros compañeros más longevos, a todos aquellos que ya han rebasado la meta. Dejarlos solos en esta lucha solo nos perjudica a nosotros. No me gustaría que en el arte esté también prohibido envejecer.

Para la gran mayoría de los autores, los derechos de autor no suponen unos ingresos cuantiosos. Salvo casos puntuales, la mayoría de nosotros pagamos nuestras facturas trabajando en encargos. Cuando llegue nuestro momento, cuando nos jubilemos, muchos de nosotros tendremos que elegir entre una pensión paupérrima (si es que la llegamos a tener) y nuestros royalties.

Así, muchos artistas deciden seguir trabajando a pesar de haber cumplido la edad de jubilación, otros luchan con esfuerzo para llegar al retiro con dignidad (pagando unas cuotas sanguinarias a la Seguridad Social) y la gran mayoría apenas llega a final de mes. Conozco casos extremos de grandes ilustradores con trayectoria impecable que viven en condiciones alarmantes.

Insisto. No estoy hablando de Gamoneda, ni de autores cuya contribución a la cultura sea beneficiosa en términos de capital, ese es otro cantar. Ahí no está mi queja ni mi lucha.  Estoy hablando de los miles de artistas obreros que están siendo olvidados en sus peticiones al Estado, incluso, por qué no decirlo, en el futuro de muchos de nosotros.

La decisión (a mi juicio equivocada) de retirar esos pocos ingresos a sus autores no sólo va a crear una situación desfavorable para muchos de ellos, si no que les va a condenar a producir en las sombras o simplemente a no crear. Les abandonaremos en el olvido, su creaciones desaparecerán, el polvo invadirá sus libros, discos, películas, cómics... Hasta que se encuentren desamparados y solos. 

Llego a la conclusión de que el Estado ha acabado por perder el respeto a aquellos que con su trabajo contribuyeron a la riqueza artística de su país. ¿Cómo alguien puede plantear estas medidas? Sólo se puede entender desde la ignorancia. Los agentes involucrados en esto no son conscientes de lo que supone y no trabajan en el cuidado de sus creadores. Se convierten, así, en cómplices de su abandono y por tanto verdugos de su cultura.