¿Puede el arte cambiar ideas?

 ¿Qué podemos hacer contra el neofascismo? ¿Cómo podemos, los agentes culturales, cambiar mentes, presentar diferentes perspectivas o pelear contra las ideas reaccionarias?

Es una duda que lleva meses reconcomiéndome, sobre todo desde el ascenso de Vox en las elecciones Andaluzas. Y es que nos guste o no, este hecho es un cambio de paradigma en la realidad española.

Frente a esto, una realidad tristísima y preocupante, creo que es fundamental que, como autores, sepamos en qué modo podemos ayudar a cambiarla teniendo en cuenta algunas herramientas a nuestro alcance.

Herramientas como el arte propagandístico o la sensibilización.

Con propaganda me refiero a la creación de material gráfico, audiovisual o escrito que se dedique a la expansión de ideas que no permiten dudas o razonamientos opuestos a los expresados por el emisor, generalmente un partido político.

La sensibilización, en cambio, es la creación de material gráfico, audiovisual o escrito que invita a una reflexión del receptor desde una perspectiva personal autoral y asociada (o no) a corrientes de movimientos sociales. Es utilizada igualmente por instituciones, pero su intencionalidad es distinta a la propaganda. Mientras la primera expande un mensaje ideológico sin debate, la sensibilización busca un cambio de perspectiva desde la búsqueda del análisis razonado.

Si bien es cierto que el arte puede cambiar perspectivas, me preocupan las diferencias entre el arte que sirve a la propaganda y aquel que invita o genera reflexión. Las diferencias, para mí, son obvias. La reflexión puede cambiar perspectivas desde distintos ámbitos, la propaganda convoca a los afines y refuerza sus intereses en un discurso ya  existente.

Así, es más difícil cambiar unas ideas preconcebidas que reforzar un discurso. Porque cambiar una estructura de pensamiento es más complejo, requiere más energía, ya que la identidad de la persona se ve comprometida. A todos nos cuesta cambiar de opinión y al contrario, no nos cuesta nada seguir una tendencia con la que simpatizamos.

Y quizás, en el fondo de todo esto, mi concepto peque de ingenuo y optimista: creo en la posibilidad real de un cambio de pensamiento a través del arte. Si partimos de esta creencia, pensaremos que podríamos cambiar perspectivas si sensibilizamos de forma eficiente.

Sin embargo, si miramos a lo largo de la historia, creo que podemos ser conscientes del poder de la propaganda y ser tentados de ella: veríamos claramente dos ejemplos opuestos con el mismo éxito: el nazismo y el soviético.

Quizá en términos marketinianos la propaganda gráfica fue una de las mejores herramientas para el ascenso del nazismo. El mejor diseño gráfico y un excelente cartelismo unidos para expandir los ideales del partido.

Pero... ¿Ese es el modelo de comunicación al que debemos de aspirar como artistas que buscan resolver conflictos o contribuir a una mejora social?

Personalmente no creo en el márketing por su significado intrínseco y la propaganda me genera dudas en cuanto a la claridad de sus propósitos. Si tuviera que apostar, creería en la sensibilización, pero no tengo una respuesta clara. Apenas podría dar un consejo a este respecto. Y ni si quiera es un consejo. Es tan solo una pregunta. Mínima pero indispensable:

- ¿Vas a utilizar tu arte para una idea que busca mejorar la calidad de vida de las personas, que puede resolver un conflicto, generar solidaridad, da visibilidad a una minoría o ayuda a la equidad social?

Si la respuesta es “sí” al menos para una de esas cosas, creo que esta más que justificado que lo hagas.

Del yo al nosotros

La profesión del ilustrador se esta transformando en una herramienta más del servilismo al capitalismo actual. Bajo la búsqueda el éxito personal, la verdadera quimera del Arte, se cuela en nuestro ADN (si es que no esta ya, implícito en el sector) el individualismo y la ausencia de la solidaridad horizontal. Al contrario que, por ejemplo, los actores, quienes tradicionalmente han sido mucho más activos en cuestiones colectivas y sindicales. También es cierto que su potencial es distinto, salen en medios de comunicación y tienen más capacidad de presión, pero pienso también que, en el fondo, el cine es un trabajo más de conjunto que el del ilustrador, de ahí que nuestras luchas hayan sido infructuosas. No podemos exigir cambios en los contratos por que la lucha desde el “yo” es mucho más pobre que desde el "nosotros" y nuestro oficio es tradicionalmente contrario a lo colectivo.

Esta claro, siempre hay excepciones. Desde una posición de privilegio es más fácil escoger, elegir y negociar. No es lo mismo ser ilustrador en una cadena de producción que alguien a quien llaman por su reconocido dibujo. Desde ese escalón, el de arriba, es una responsabilidad tomar decisiones para favorecer al que todavía esta abajo. El cambio puede llegar desde distintos sitios, pero el solitario, a parte de pobre y minúsculo para en entorno, es más lento. La realidad es que somos un sector precario y leyendo el último libro de Remedios Zafra “El entusiasmo” me reafirmo en lo que, más o menos, todos ya sabemos: el trabajo creativo no goza de una situación laborable justa para sus actores. Trabajar haciendo cultura es difícil, vivimos en una constante autoexplotación y al límite económico, buscando una estabilidad que parece imposible de conseguir, casi como una leyenda urbana o como encontrar un unicornio blanco. Todos lo buscamos y lo conocemos por “un amigo de un amigo” pero es casi imposible encontrar a alguien que lo haya conseguido. Así, el gran sueño de cualquier ilustrador que es poder vivir de su trabajo, se convierte en una mera supervivencia.

Quizás la mejora de nuestras condiciones laborales pase por apostar y formar parte de alguna asociación profesional, que luche por mejorar nuestros contratos, apueste por la formación y nos asesore legalmente. Siempre desde el acto consciente de querer contribuir de forma desinteresada a ello, porque lo habitual es ceder esa responsabilidad en los “otros”. Es difícil mostrarse activo y sacar tiempo para ayudar en un proyecto voluntario y sin remuneración, pero con el tiempo me doy cuenta de que forma parte de la responsabilidad social de un artista: debemos creer que podemos mejorar las cosas y en la medida de nuestras posibilidades, pelear por ello.

Así que ¿por qué apostar por un nosotros?

- Porque se teje una red de solidaridad, conocimiento y apoyo. Conocernos nos brinda la posibilidad de compartir información que puede ayudarnos a mejorar nuestras condiciones laborales. También permite que los autores de largo recorrido intercambien conocimientos con los más jóvenes y esto hará que el gremio se reafirme y proteja de posibles ataques externos: bajada de tarifas, conocimiento del valor del trabajo, traspaso de trabajos, networking, grupos de trabajo… etc

- Porque creer en el asociacionismo es una forma de mejorar nuestras condiciones de trabajo. Ya que no tenemos sindicato o colegio profesional, las Asociaciones Profesionales nos permiten tener la llave del cambio a nuestra precariedad. A través de ellas podemos llegar a las instituciones y empresas y conseguir los cambios que necesitamos.

- Porque como profesionales tenemos una responsabilidad de dejar las cosas mejor de cómo las encontramos. El ilustrador debe ser consciente de su situación social y laboral. Reflexionar sobre esto y contribuir a mejorarla es un acto de apoyo desinteresado y necesario que ayudará a generaciones futuras y podrá dignificar nuestra profesión.