Los peligros de la marca

Vivir en el mundo de la hiperexposición que significan las redes sociales, tiene un gran punto a favor, que es poder dar a conocer tu trabajo. Nuestros perfiles online nos sirven para promocionar nuestras ilustraciones y ganar seguidores. Cuanto mayor es la cantidad de personas que nos sigan, las oportunidades se multiplican, lo que representa grandes posibilidades para poder vivir de nuestro trabajo.

Al mismo tiempo que lo positivo esta ahí, me planteo los peligros o las consecuencias inevitables de convertirnos en vendedores y explotadores de nosotros mismos. Es decir, en los riesgos de convertirnos en marca

En el momento en que vendemos nuestra imagen, nuestra vida y nuestra cotidianidad, creamos una ficción, un personaje que somos nosotros y a la vez es marca y una profesión que es ideal pero falsa, ya que no representa la realidad laboral.

Caer en la imagen es caer inevitablemente, en la superficialidad. Resumir en una fotografía lo que significa ser ilustrador conlleva amputaciones dolorosas y llenas de peligro, ya que cambian la realidad del ilustrador y la convierten en tendencia. Por lo que ahora, el ilustrador es modelo, empresario de su propia marca y explotador de su imagen. El aspecto personal, la ropa y los escenarios generan la ficción que convierten al profesional en celebrity y la profesión en moda. Y al contrario de lo que puede parecer, la fiebre de me gustas y followers que genera este teatro no es positiva. El ilustrador pierde el valor de su trabajo para cambiarlo por el potencial de su físico y los seguidores que tenga, provocando que las editoriales busquen oportunidades de negocio ahí y no en en la calidad de su trabajo o en su creatividad.

Así, es inevitable a cuestionarnos… ¿es esta postura lícita? 

No entro en las libertades de cada uno, si no en los problemas que a la larga puede generar esto en la calidad de nuestro servicio. Esto no significa no aprovechar las herramientas a nuestro alcance, sería absurdo, si no que seamos responsables en la comunicación de nuestra profesión. Es lógico que promocionemos nuestro trabajo o nuestro día a día, pero en nuestras manos está que esa imagen sea verídica, respetuosa y honesta.

La digestión del artista

El ilustrador se alimenta de influencias, son su principal fuente de supervivencia. Bebe de lo que ve y lo mezcla todo dentro de él. En el principiante es más evidente la copia que en ilustrador con experiencia, quién teniendo ya cierto recorrido, digiere de forma distinta, procesando la influencia y transformándola en inspiración. Los ilustradores que copian producen un arte ilegítimo pero válido y necesario en el aprendizaje, la influencia sin embargo es sutil y el plagio pobre.

Así, los profesionales con recursos aprenden de la copia y maduran con la influencia. El mediocre, no aprende copiando y sobrevive del plagio.

¿Dónde está la diferencia? En el proceso digestivo.


La copia es evidente y necesaria al inicio del aprendizaje, como el niño que aprende copiando las letras. Ayuda al desarrollo del dibujante, de su concepción de la anatomía y el espacio. Copiando toma referencias que le ayudarán en un futuro a formarse.


El plagio, sin embargo, es la escasez de recursos, la vía rápida y fácil de alguien sin medios que trata de no buscar la solución a un problema creativo. Quiere el resultado de cualquier manera, sin deleitarse en la búsqueda de la respuesta a un problema artístico.


La inspiración, al contrario, es la evolución de la copia y la antítesis del plagio. Surge de la imitación, pero se desarrolla dentro del artista hasta transformarlo en su propio mundo expresivo y por ende, en influencia.


¿Y el homenaje? El homenaje copia estructuras compositivas, hace guiños al espectador para jugar con su memoria, pero no "calca" la obra original, si no que la reinterpreta con sus códigos propios. Es decir, puedo usar la composición de "Las Meninas" y sus personajes, pero los reinterpreto con mi estilo. Eso es, a mi parecer, un homenaje.