¡Vamos a explorarlo!

Hace algunos años, cuando me contaron que Bill Watterson, creador de Calvin y Hobbes, no quiso hacer merchandising con su obra, me quede algo trastornada. Pensé que estaba perdiendo la oportunidad de su vida, que podría convertirse en millonario. Todas aquellas tazas, muñecos y llaveros basados en su obra se venderían por todo el mundo… ¡le harían rico! Sin embargo, bajo un aura de misterio y silencio, su autor permanecía en una postura que aún hoy en día consideramos extraña.

Todos pensábamos que por alguna razón no quería vender su obra.

Ahí estaban, enfrentados en el cuadrilátero, los herederos de Hergé comerciando con las tripas de Tintín (haciendo toda clase de objetos vendibles) y en la otra esquina a Watterson, solo con sus cómics. Nada más.

Y es que le estoy dando mil vueltas a este tema por que justo ayer me contactó una empresa para vender mis ilustraciones en objetos. No es la primera vez que me contactan plataformas así, actualmente muchas webs ofrecen la posibilidad de hacer adaptaciones de tus ilustraciones a distintos materiales, pero si es la primera vez que me he planteado sobre esta cuestión.

Las primeras preguntas que me asaltaron son estas:

¿En qué objetos se va a explotar mi obra?

¿De donde salen esos objetos?

¿Bajo que condiciones se fabrican?

Es muy difícil a estas alturas intentar ser íntegro en algunos aspectos de la vida. El sistema se extiende dentro de nosotros, parece imposible intentar luchar contra ello pero… si tengo la oportunidad de escoger, si tengo la oportunidad de que mi obra elija. ¿Qué debería hacer?

La siguiente pregunta que me hago es si de verdad quiero vender así mis imágenes. Si merece la pena tener una carcasa para el iphone6 con una ilustración mía.

Después de un análisis, mi respuesta es no.

Las razones son las siguientes:

-       Mis imágenes no han sido creadas para ser explotadas. Hay muchas que han sido creadas por puro placer o juego.

-       Mis imágenes tienen una finalidad, un objeto comunicacional, que en un objeto se pierde para ser transformado en un “bien consumible”. No hablo de un trabajo como ilustrador en donde una empresa de productos nos pide que le solucionemos una comunicación concreta (un packaging, por ejemplo) si no que ese trabajo (una obra, por ejemplo) se transforme a posteriori productos de consumo.

-       Mis imágenes se han hecho en un determinado formato, el papel, cuya composición ha sido tenida en cuenta y que en otro objeto adaptado, se pierde.

-       Mis imágenes son objeto de mi explotación y beneficio en primer lugar, pero no de mi sobreexplotación pues la propia obra merece respeto.

Esta claro… ni yo soy Bill Watterson ni me voy a hacer rica, pero si que quiero tener algo en común con él. Su integridad moral.

Ahora lo entiendo todo.

Nuestras obras son producto de un esfuerzo intelectual, de una motivación, de una ejecución técnica y de una ilusión. Nuestras obras obedecen a un formato y están pensadas para eso. La venta y el dinero a veces sobran.

Y llego a todo esto gracias a Calvin y Hobbes… ¿no es maravilloso?

Artista S.A

Donde no hay publicidad, resplandece la verdad.
La Codorniz

¿Qué clase de autor quiero ser?

No se trata de una pregunta fácil y su respuesta pasa por enredaderas.

El sistema en el que vivimos es una gran trampa para las aspiraciones de cualquier artista. Todos queremos éxito y fama. Se nos implanta, como en Matrix, un chip que nos ciega de ambición. El capitalismo es eso. Busca la subsistencia a través de nuestro talento y quiere la nueva moda, el siguiente artista a explotar. Engulle sin disfrute ninguno, sólo con la ambición de la marca. Queremos los bolsos con las ilustraciones de X, pero al año las tiramos por obsoletas. Todo lo que el capitalismo toca se convierte en cenizas y se esfuma. Se va. El artista se queda huérfano y a merced del mercado.

Parece que no hay alternativas, pero es cuestión de planteárselas. La actitud dubitativa de alguien que no quiere pertenecer a eso, ya es valiente. ¿Qué consejos podría dar a todos aquellos que deseen mantenerse en esos márgenes?

- Se maratonista

El consumo del arte es rápido y fugaz. Un ilustrador puede conseguir fama pero de la misma forma desaparece. Es innegable que muchos soñamos con alcanzar el éxito y rodearnos de followers, fans o seguidores. Bañarnos en una piscina de oro y lanzar dólares desde un descapotable por las playas de Miami Beach. Ese es el éxito del sistema, implantarnos unas expectativas tan fugaces e inalcanzables que son peligrosas. La solución radica en dejar de ser cortoplacistas y plantear una carrera de fondo. Desde mi punto de vista, los grandes autores son aquellos que trabajan de forma constante y se aíslan de las modas. Escapando del mercado y sus antojos además de independencia conseguirás dar valor a tu trabajo.

- Se sostenible

Uno de los mayores problemas del éxito es el condicionante que éste lleva. El mercado coarta al autor cuando consigue muchísimos lectores, por lo que acaba perdiendo libertad creativa. Su obra se supedita a los gustos de la industria. Además, cuando el autor comienza a amasar grandes cantidades de dinero, se intoxica. Hay un punto en el crecimiento que es peligroso. El equilibrio esta en ser sostenible, vivir de lo que haces con holgura y tranquilidad.

- Comunica

Lo más importante para un ilustrador es saber comunicar y es fundamental que como autores nos preguntemos qué estamos transmitiendo. Lo cierto es que en los tiempos que corren cada vez es más frecuente encontrarse con imágenes más superficiales. Como autora, echo en falta ilustradores con un verdadero trasfondo comunicativo. Es cierto que no es algo exclusivo nuestro sector, si no que está llegando a todos los campos artísticos. Se produce cuando se da más valor al producto y no al contenido. Como consecuencia el valor comunicacional desciende y su calidad también. La imagen y el mensaje se pierden para transformarse en algo impactante pero momentáneo.

- Conoce tu propia historia

Es bastante desolador ver a gente muy joven que desconoce por completo la historia de su oficio. Creo que es importante mostrar interés por nuestros predecesores, pues además de conocer nuestra propia historia, nos brindará la humildad de saber que no somos los primeros en hacer nada nuevo. Se que esto lo he dicho varias veces, pero de verdad entiendo que es un punto muy importante.

No se si esto nos ayudará de alguna manera a salir de ese gran engranaje que es la industria creativa más salvaje, pero al menos ofrece algunos puntos sobre los que construir alternativas. El autor y su valor como creador ha sido convertido en moda y espectáculo, y su valor reemplazado para ser la pieza de un engranaje mercantil. Tenemos que ser conscientes de nuestro verdadero poder, que es aquel que retoma la esencia del artista: la revolución. No hay que quemar contenedores ni usar la violencia, no es necesario, pues la verdadera revolución es aquella que comienza en el cambio de actitud personal. Un despertar de la conciencia para escapar de la programación del sistema. Sólo con ese abrir de ojos recuperaremos el sentido real del “autor” y dejaremos de ser modas o productos.