La cultura de los imbéciles

Leo esta noticia con indignación.

En una época en donde la tecnología ha creado un verdadero boom en la democratización de la información, un boom similar al de la imprenta,  afirmar declaraciones como esta es, cuanto menos, desolador.

“Las redes sociales le dan derecho de palabra a legiones de imbéciles que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la colectividad”, ha dicho añadiendo que “enseguida (a éstos) los callaban, mientras que ahora tienen el mismo derecho de palabra de un premio Nobel. Es una invasión de imbéciles”

Esta afirmación lleva implícito un acto de elitismo: Eco afirma que las opiniones “de importancia” sólo pueden ser vertidas por un grupo de “intelectuales”.  Error. La democracia también ha llegado a la cultura, por mucho que a los intelectuales de sillón no les guste.

Es cierto, el hecho de que cualquiera pueda opinar sobre algo, tiene sus luces y sombras, pero hay que recordar el valor que Internet aporta a la comunicación. En la época de Eco, ese altavoz sólo lo disfrutaban cuatro gatos a costa de mucha trayectoria, influencias o una mezcla de ambas. Que sólo unos pocos puedan hablar de los temas realmente importantes y que el tonto del pueblo no pueda aportar nada a la sociedad tiene un nombre: oligarquía.

Para alguien que valora el cómic como comunicación de masas, escribe ensayos sobre su valor cultural y su semiología. ¿Qué sentido tiene que, de repente, busque un ensalzamiento de la cultura por unos pocos? ¿Por qué abandona el valor de popular?

Esa postura, la postura de lo intelectual como un acto posible por/para unos pocos, es una idea que como autores debemos replantearnos. Hay que desterrar la idea de “alta cultura”, pues es un concepto que lleva implícito un perjuicio a la humanidad.

Desde el clasismo se alimentan comportamientos discriminatorios, se cierran las puertas a las aportaciones del otro. No se acepta que todas las personas tienen algo que puede enriquecernos y que ese algo no tiene porqué ser un producto intelectual, porque si no es un tonto. Ángel Díaz de Rada dice en su libro Cultura, antropología y otras tonterías, que la cultura se alimenta (entre otras cosas) de “acciones sociales” y denuncia comportamientos como los de Eco, que tacha de Narcisismo intelectual:

“Por otra parte, hay que ver lo bien que nos sienta a los intelectuales la cultura. A través de ella se nos infunde ese viejo esplendor ilustrado y humanista. Ganamos poco dinero, es verdad (todos dicen lo mismo de sí mismos), pero hay que ver lo que molamos. Como somos “cultos”, es decir, “los más cultos”, hemos de ser también el ideal de la perfección humana. Ignorando lo más elemental –que el saber ilustrado acerca del mundo es enteramente independiente de nuestra dignidad humana, y que, siendo muy sabios, podemos ser también malas personas-, siempre andamos sacando pecho de nuestra supuesta superioridad moral.

Frecuentemente estos comportamientos aparecen en el mundo creativo. Autores, críticos… que apelan a su conocimiento o criterio para desligitimar otras formas de entender el conocimiento.

Es absurdo mantener esta actitud cuando el ilustrador no deja de ser un obrero del arte. Nos guste o no, nuestro trabajo no es alta cultura. No lo es bajo el prisma de esa élite cultural que como Eco define lo que es o no válido dentro de la misma. No estamos en galerías ni en museos. Aunque a veces somos arte, seguimos siendo otra cosa.

Tomadme por loca, pero a mi me gusta saber que formamos parte de la gente, de esos tontos. Nos guste o no, somos un medio de comunicación de masas y como autores estamos colaborando en crear cultura popular. En realidad, ni siquiera creamos cultura, creamos “mercancía cultural” que diría muy acertadamente Rada. Nuestro producto/obra no vale más que un microondas, que un lápiz o una tuerca. Somos pura mercancía. La categoría de arte, entendiendo arte como el valor añadido que se da a esa obra gráfica, lo aportan otros. Siendo éste, además, un valor perjudicial puesto que es mayoritariamente excluyente.

Creo que la labor del ilustrador es devolver a la gente una imagen. Es lo justo. Lo popular alimenta la obra de miles de autores. Las relaciones sociales son las mechas que crean ficción y las obras artísticas restituyen lo que robamos a la sociedad. Así, la cultura de masas (el cine, la literatura, la televisión, el cómic…) retroalimenta e influye en la obra de miles de artistas. Es una tontería que vayamos de alta cultura cuando nada de lo que nos rodea es ni alto ni bajo, sólo cultura. Dividir la cultura en clases es antagónico a la tradicional postura del artista rebelde y contrario a lo establecido. Adoptemos esa postura, abracemos lo popular y dejemos atrás al intelectual clasista, que se asusta cuando su sillón lo empiezan a ocupar los tontos del pueblo, porque aunque a esos intelectuales no les guste, la cultura es todo, incluida la de los imbéciles.

El artista como cómplice

“En el cómic los estereotipos se sacan de unas características físicas comúnmente aceptadas y asociadas a un oficio. Dichos estereotipos se vuelven iconos y se usan como parte de la narración gráfica”

Will Eisner. La narración gráfica

 

“Todo poder conlleva cierta responsabilidad”, le decía el Tío Ben a Spiderman. Los ilustradores y los dibujantes de cómics no nos damos cuenta de nuestro superpoder, como para darnos cuenta de nuestro compromiso. Muchos de nosotros ni siquiera pensamos en la posibilidad de cambiar la realidad a través de nuestro trabajo, pero lo cierto es que podemos hacer mucho más de lo que hacemos.

En un mundo donde todo es imagen, el dibujante tiene la capacidad de cambiar la percepción del público. Es una opción a la que muchos de nosotros seguimos sin prestar atención. Continuamos devolviendo a la sociedad imágenes que perpetúan clichés sin cuestionarnos qué estamos haciendo y por qué.

Quizás deberíamos empezar por ahí. Preguntarnos:

“¿Qué estoy dibujando y por qué lo hago?”

En nosotros está la respuesta. Dibujamos estereotipos que usamos como iconos, por que creemos que estamos ayudando a la comunicación, pero en realidad estamos prolongando la percepción de una realidad limitada que afecta al receptor.

Nuestros iconos estereotipados, alimentados por la ficción y la tradición artística crean una realidad distorsionada y unidireccional. Seguimos dando una visión única de los productos culturales.

¿No debe ser la ficción libre?

La ficción es libre pero nosotros somos cómplices silenciosos de nuestra cultura.

Para salir de esta cárcel debemos liberarnos de dos grilletes:

1)   Liberarnos a nosotros mismos de nuestro “adoctrinamiento” sociocultural, puesto que es limitada y no da visibilidad a otras formas de entender la vida

2)   Contribuir a liberar con nuestro trabajo/obra dando visibilidad a esas otras formas de vida/cultura/religión...

Y liberar a la ficción:

1)   A través de los personajes: en su construcción literaria y en su apariencia

2)   De la construcción de sus ambientes/realidad

Los dibujantes como entes culturales absorbemos nuestra realidad, la sintetizamos y la plasmamos en el papel de una manera claramente colonialista. Es lo que nos toca al haber nacido en Occidente (1). Así, si dibujamos para grandes editoriales (2), la ficción será más limitada, puesto que esta supeditada a intereses económicos y gozamos de menos libertad.

En los ambientes de la ficción que desarrollamos, las mujeres siguen siendo delgadas, delicadas. Los cuerpos perfectos. No dibujamos personajes gordos, viejos, homosexuales, transexuales, minusválidos o multiétnicos. Nuestra realidad se limita al hombre-heterosexual-blanco. No es de extrañar que muchas veces en los fondos de nuestras viñetas no aparezcan mujeres o todos tengan una constitución física parecida.

Sin embargo en la construcción de personajes sus defectos los humanizan y los hacen más próximos. ¿A quién le gusta el perfecto Luke Skywalker estando Han Solo?  

Esos defectos, en cambio, la mayor parte de las veces son psíquicos no de apariencia. Lo que no es “bello” no encuentra su sitio. No hay hueco para personajes feos o que salgan de lo establecido. Hay grandes ejemplos de personajes “diferentes” que atraen la atención del público, pero la mayoría son un reflejo del “ideal” occidental. Los autores continuamos explotando clichés y personajes de la tradición literaria clásica: el hombre blanco, guapo, fuerte y heterosexual como salvador.

¿Por qué deben ser así nuestros personajes? ¿Está el arte bajo el yugo de “lo bello” por tradición histórica? ¿No se merece la ficción del s.XXI un cambio?

Creo que la representación de la realidad en la ficción como algo no-perfecto acercaría más al público y ayudaría a cambiar estructuras mentales arraigadas en la sociedad. Ayudaríamos a integrar todo lo que no es visible. Les daríamos voz y hueco a las minorías perseguidas o excluidas. Solo así la ficción no sería esclava de la cultura colonialista a la que pertenecemos. Es una meta difícil pero accesible a cualquier lápiz y ordenador del mundo. A diferencia de las grandes industrias como el cine, en el cómic o la literatura podemos contribuir más fácilmente pues el número de intermediarios e intereses económicos es menor.

Esta es la responsabilidad que tenemos.

Los guionistas y dibujantes tenemos más oportunidades de las que creemos de cambiar las cosas y aunque el engranaje industrial es grande, como he dicho antes, las páginas de esas historias pasan antes por mesas y manos. En esas mesas empieza el cambio. Desde nosotros y para los demás.

¿Cómo lo conseguiremos?

A través de la toma de conciencia de nuestro poder creativo, la autocrítica y tomando conciencia del poder de difusión de nuestro mensaje.

¿Nuestro reto? Incluir diversidad y acabar con los estereotipos. La sociedad cambia motivada por cambios políticos y revoluciones, pero sobre todo por pequeños gestos. Los que cada uno de nosotros podemos hacer en la medida de nuestras posibilidades. Nosotros, los artistas, creadores, guionistas y dibujantes tenemos herramientas para llevarlo a cabo y una de ellas es poderosísima: la creatividad. Una creatividad real y liberada de nuestra herencia cultural. Solo a través de ella acabaremos con las cadenas.

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(1) Aunque pensándolo bien, da igual que hubiéramos nacido en Oriente, la cultura Occidental es tan poderosa que colonializa al resto.

(2) Editoriales Occidentales, neoliberales y capitalistas, que divulgan su “way of life”